jueves, 26 de abril de 2012

EL LEGADO DE CERÁMICA MONTALVÁN

En una excursión por la localidad de Mairena del Alcor, con la intención de contemplar uno de sus monumentos “el Castillo de Luna”, me asaltaron los recuerdos. Era en el verano de 1977 cuando acompañaba a mi padre en un viaje por el lugar. Allí nos recibió un ilustre anciano que hacia las funciones de conservador de la finca y del museo de Jorge Eduardo Bonsor. Nuestro guía nos enseñó la casa-museo que permanecía prácticamente intacta desde 1930, año de la muerte del prestigioso erudito. De la importancia de la obra y el legado de Bonsor no me voy a extender, sólo recordar importantes descubrimientos como la necrópolis romana de Carmona. En las vitrinas de su casa pude contemplar un recorrido por toda la historia del bajo Guadalquivir, quedando tan impresionado que a partir de ese momento, comencé a sentir una gran pasión por todo lo antiguo. El Ayuntamiento tomó una acertada decisión cuando compró a sus herederos el Castillo y una parte importante de lo legado por el prestigioso arqueólogo. De nuevo me lleva a la memoria revivir esos momentos, dada la situación análoga que atraviesa Cerámica Montalván. Esta histórica industria que funda Saturnino García Montalván al rededor de 1850 y que continua su hijo Francisco García-Montalván y posteriormente su nieto Manuel García-Montalván con el nombre de Nuestra Señora de la O.
FACHADA DE LA FÁBRICA DE CERÁMICA ARTÍSTICA NTRA. SRA. DE LA O- CERÁMICA MONTALVÁN SEVILLA
Ha sellado sus puertas, apagados sus hornos, cerrada la ventanilla de la oficina y guardada la gastada máquina de escribir donde veía con ansiosa ilusión como Antonio Muñoz y José Canto, redactaban los primeros recibos que por mis azulejos cobraba. Ya hacía mucho tiempo que no sonaba el runrún de la molina de los colores, donde celosamente molturaba sus fórmulas de esmaltes Domingo el Alfarero.
Probablemente no volverá a oler más la calle Covadonga, al inconfundible aroma de la corteza de madera de pino cuando era descargada del vetusto camión de Martínez, ya que los rumores sobre el destino de este legendario solar, se presenta incierto y cada vez más inquietante con la posibilidad de no ser justamente valorado el recinto, con el consabido argumento de falta de interés patrimonial. Sin embargo el espacio que ocupa la fábrica, es una sucesión y ampliación de talleres que fueron dejando la marca de cada época por la que pasó la cerámica trianera y la manufactura García- Montalván. Este recinto donde aun permanecen muflas de leñas muy antiguas como las de San José o San Enrique.
El edificio de la casa de entrada principal de tipología del siglo XIX en la calle Alfarería, las casas de la calle Antillanos Campos o la vivienda que entre 1925-27 se construiría Manuel García-Motalván con diseño del arquitecto Juan Talavera Heredia, esquina a calle Covadonga y que su parte baja sirvió de exposición prácticamente desde entonces.
Fue este último miembro de la saga quien situó en un punto relevante este viejo alfar, realizando obras que pueden contemplarse en muchos lugares del mundo, propagando de esta manera, el buen nombre de la Cerámica de Triana. En mis manos tengo en este momento, una estampa que dice: “SANCHO PANZA, ESTATUA DE BARRO COCIDO INSTALADA EN 29 WASHINGTON SQUARE. NEW YORK, N. Y. U.S.A. NUESTRA SEÑORA DE LA O. FÁBRICA DE CERÁMICA ARTÍSTICA. DIRECTOR PROPIETARIO MANUEL G. MONTALVÁN. ANTILLANO CAMPOS 23 Y COVADONGA, 4 ESCRITORIO Y DESPACHO: ALFARERÍA, 11 Y 13. TELÉFONO 25652. TRIANA. SEVILLA”
Y no es la primera vez que este taller pasa por un momento de inflexión difícil, ya que Manuel García-Montalván, no dejó descendientes que continuaran con la tradición familiar, pareciendo que aquí se terminaría la dinastía de estos ceramistas. Él pensó que el uso más importante que se le podía dar a todo lo que habían creado los que le precedieron en el oficio, era crear una escuela de ceramistas en la misma factoría, y así de esta forma, no se perdería el tradicional oficio del primitivo arrabal. Según me contó el profesor David Martínez cuando era estudiante de la Escuela de Artes y Oficios, dato posteriormente confirmado por Jesús Luengo Mena en su libro: “Los Salesianos en Triana”, la voluntad expresada en el testamento del artista, era la de constituir una Fundación que gestionada por los Salesianos del barrio, acrecentaran un centro de formación en el arte de los barros vidriados. No sé si todavía sobre las paredes de la veterana empresa, cuelgan los bocetos, proyectos, diplomas de premios, fotografías etc., que tanto me fascinaron de niño.
FACHADA DEL COLEGIO DE LOS SALESIANOS DE TRIANA CON AZULEJOS PINTADOS POR MANUEL GARCÍA-MONTALVÁN Y DE LA FCA. DE MENSAQUE RODRÍGUEZ Y CÍA.
Espero que no sólo permanezcan como testigos mudos de un pasado esplendido, sino que sean testimonio vivo de un futuro esperanzador y que se cumpla el deseo del genial ceramista de convertir aquel emplazamiento, en la sede de la Escuela Superior de Cerámica de Sevilla. ALFONSO ORCE EL ARTÍCULO EN TRIANA CRÓNICA DEL MES DE ABRIL DE 2012

miércoles, 18 de abril de 2012

La Capilla Sixtina de la cerámica madrileña

Artículo publicado por Patricia Gosálvez en EL PAIS el 14 de abril de 2012 Ruta de cerámica por Madrid Cuentan que en una de las cuevas del sótano de la taberna Los Gabrieles, los señoritos, en pelotas, hacían de toreros, y las prostitutas de toros. Los únicos testigos de la privadísima corrida eran los personajes alicatados en los azulejos del techo abovedado, unos murales con escenas taurinas creados en 1919 por el artista sevillano Enrique Orce. La cueva, llamada La Plaza de Toros, sigue allí, bajo la calle Echegaray, aunque el bar lleva ocho años cerrado. Es una sala pequeña (unos 6 metros cuadrados) húmeda y en obras. Ha perdido los burladeros de escayola que adornaban la parte baja de sus paredes y sus bonitos azulejos —aún sin restaurar— están cubiertos con una malla protectora y marcados uno a uno con un código. En el azulejo en el que aparece la punta del cuerno del toro que se está saltando la barrera se puede leer: “S/1/D/158”, por sótano, sala 1, panel derecho, pieza 158 del puzle. Este siglado es solo el principio del complejo proceso que ha supuesto restaurar el castizo bar flamenco que la historiadora del arte Natacha Seseña, maestra de la cerámica popular, denominó “la Capilla Sixtina de la azulejería madrileña”. Son casi 300 metros cuadrados de azulejos, miles de piezas, la mayoría de 15 por 15 centímetros, firmadas por maestros ceramistas como Enrique Guijo o Alfonso Romero. La capilla está cerrada, pero al contrario que en el sótano donde están las cuevas, en los muros pelados de su planta baja ya se han colocado los azulejos protegidos por Patrimonio, que se arrancaron para ser restaurados. Se trata de una colección única de la llamada “Segunda edad de oro” de la cerámica mural, que, a finales del XIX y principios del XX, recreó de la mano de la arquitectura del color y de los historicismos arquitectónicos el esplendor de los siglos XVI al XVIII. Esa segunda edad de oro dejó en Madrid obras emblemáticas como la Plaza de Toros de Las Ventas (1919), el Palacio de Velázquez en el Retiro (1881-1884) o la farmacia Juanse (1924). En Los Gabrieles casi todos los murales son anuncios de bodegas como Domecq o Garvey que los propios bodegueros pagaban para figurar en la emblemática taberna. El público era selecto: contaba entre sus habituales con toreros como Belmonte (que, dicen, celebró aquí una juerga durante 48 horas seguidas cuando se cortó la coleta), cantaores como Antonio Chacón, artistas como Ignacio Zuloaga. En sus sótanos se corrieron juergas flamencas Primo de Rivera y Alfonso XIII. Los anuncios parecen cuadros —de hecho algunos recrean, con guiños vitivinícolas, obras de Goya o Velázquez—, pero son piezas cerámicas pegadas con mortero a las paredes sobre una tela de malla azul cuyo término técnico es “capa de intervención”. La han colocado los restauradores y sirve para que, en caso de necesidad, si hubiese que arrancar los azulejos de nuevo, resultase más fácil hacerlo. “Arrancar’ es también un término técnico”, explica Eva Martínez, historiadora del arte y una de las diplomadas en Restauración que trabajaron en la obra, “aunque suena un poco mal, se refiere a la extracción sistemática y cuidadosa del azulejo de la pared”. Los Gabrieles saltaron a los medios a finales de marzo cuando el edificio donde se ubica la taberna fue okupado para celebrar la Semana de lucha por una vivienda digna. Durante los días que permanecieron allí, los okupas —que reventaron un par de puertas pero no tocaron los azulejos— invitaron al ceramista Adolfo Montes y grabaron un vídeo en el que este critica con dureza la rehabilitación calificándola de “destrozo” (en el vídeo, el ceramista, que no es restaurador, aparece como miembro de Madrid, Ciudadanía y Patrimonio, pero su presidente se ha desmarcado de las declaraciones). “No hacía falta arrancar los azulejos”, repite por teléfono Montes, “y en todo caso, con la cerámica no hay tu tía, no se puede restaurar, es mejor reponer, encargar unos nuevos”. ECRA, la empresa restauradora, muy molesta con el vídeo, disiente (avalada por la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid, que supervisó la obra). “El original es sagrado”, dice Abraham Rubio, su director. “Poner un azulejo nuevo es mentir, un falso histórico; en restauración siempre hay que usar materiales que se diferencien de manera técnica del original y que sean reversibles... Y, el arranque, siempre traumático, era aquí imprescindible”. Cuando los restauradores comenzaron su trabajo hace siete años, el edificio estaba apuntalado de oficio por el Ayuntamiento. “Es un edificio típico de la arquitectura madrileña de finales del XIX, serio y sensato, pero se estaba cayendo”, cuenta Lorenzo Alonso, arquitecto de la rehabilitación. “Hubo que duplicar toda la estructura, habría sido imposible hacerlo con los azulejos allí”. El estudio del arquitecto ha realizado un poético vídeo para conservar “la memoria canalla del lugar” en el que se puede ver la desaparecida barra donde recibía la madame, la sala pintada de rosa media de torero donde despachaba Manolete y los pósteres desvaídos de las habitaciones de las chicas. Por su parte, los propietarios del edificio (un grupo de socios, algunos hermanos cuyo abuelo era el dueño del inmueble ya en la Guerra Civil) conservan un dossier fotográfico, más científico, que documenta todo el proceso de restauración: cómo estaban los azulejos cuando llegaron y cómo se arrancaron y limpiaron (por detrás de argamasa, por delante, de mugre). Algunos se desalinizaron, porque las sales de las humedades habían separado el esmalte del bizcocho; otros, rotos en pedazos, se “reintegraron volumétricamente” con resinas y estucos. Luego todo se volvió a colocar como un enorme rompecabezas (algunos paneles desordenados, porque así estaban originalmente). Ya en las paredes, se procedió a la “reintegración cromática”, es decir, se pintaron “en frío” (no en horno) las partes desconchadas. Donde faltaba directamente un azulejo entero, se encargó uno en blanco y se pintó encima. “Así, el espectador no ve una laguna en el dibujo, pero no es una falsificación”, dice Rubio. Alumbrados por un potente foco de obra los murales relucen brillantes y coloridos, sin la pátina de humo y grasa de los casi 100 años que cumplen. En ellos hay escenas historicistas que recrean el Quijote, mucho folclore flamenco de toreros y gitanas y algunas figuras más modernistas, como la pícara chica desnuda que con pelo de parra exprime jerez directamente de un racimo de uvas. Inolvidable el mural de Enrique Guijo en el que unos esqueletos bailan la rumba. Los dueños, que han vendido el resto del edificio a un inversor que ha puesto en alquiler los pisos rehabilitados, conservan la propiedad de Los Gabrieles. No tienen planes concretos, ni fechas, sobre el futuro del local, pero esperan poder volver a abrir pronto “la capilla” al público.